M. Luisa Fernández, delegada de LAB en el Comité del Centro Educativo Ibaiondo
Desde hace años, el Comité de Empresa de Ibaiondo intenta negociar con los distintos equipos de Gobierno del Gobierno Vasco las condiciones laborales del personal del centro. A lo largo de este tiempo hemos atravesado varias legislaturas y conocido a diferentes responsables políticos, pero siempre hemos mantenido algo poco habitual: un comité unido. A veces, las utopías se persiguen así, juntas y juntos.
Ibaiondo es un centro de Nivel 1 para el cumplimiento de medidas judiciales de menores. Se trabaja los 365 días del año, las 24 horas del día, con menores que presentan conductas altamente disruptivas. Es un trabajo desarrollado bajo elevados niveles de estrés y ansiedad, con un objetivo claro: que estos menores puedan reintegrarse en la sociedad como sujetos activos y sin reincidir. Una labor compleja y exigente que, pese a todo, presenta un nivel de éxito muy elevado.
En los más de veinte años de existencia del centro, se ha intentado mejorar progresivamente las condiciones de la plantilla. Porque el mundo ha cambiado, y también lo han hecho las necesidades de las personas. Cuando comenzamos a trabajar, veíamos películas en cintas de vídeo; hoy, los menores con los que trabajamos ni siquiera saben qué es eso. La plantilla envejece, las cargas de trabajo aumentan, los horarios se endurecen y las necesidades de conciliación familiar son cada vez mayores: hijas e hijos menores, padres y madres mayores, cambios en los perfiles de los menores atendidos… Todo ello hace que las condiciones actuales ya no sean adecuadas para sostener este ritmo ni este nivel de exigencia emocional.
Por eso, desde hace años se solicita a los distintos equipos de gobierno una adaptación real de las condiciones laborales: compensaciones acordes, medidas de conciliación, calendarios adecuados y el reconocimiento del envejecimiento de la plantilla como una realidad del colectivo. En 2019 se lograron algunas mejoras mínimas en el horario especial que, ya había sido firmado años antes.
Desde entonces, se ha seguido negociando con la Administración, siempre desde la utopía de que algo se podría conseguir. Se ha hablado con el Parlamento y con todos los interlocutores posibles, sin resultados. El nuevo equipo del Gobierno Vasco se ha mantenido impertérrito y, tras mucho tiempo, ha presentado al Comité de Empresa un documento que no solo no mejora las condiciones, sino que las empeora. Un documento que ignora la realidad del centro, su trayectoria y su futuro, y que responde únicamente a una lógica: el ahorro, la reducción de sustituciones y el abaratamiento de costes, aun cuando el efecto puede ser justamente el contrario.
Esta parece ser la política actual del Gobierno Vasco: se pide, se negocia, se aparenta avanzar y, de repente, se retrocede. Todo queda bloqueado. Y cuando no se consigue cerrar nada, se repite el mismo patrón: “para lo que me queda, no firmo nada”, prolongando en el tiempo la mejora de condiciones, convenios y derechos. Es parte de la idiosincrasia del sistema: no doy, recorto, y ya hablaremos.
Después se habla de bajas, de absentismo laboral, de malestar, sin querer analizar las causas. Tal vez si el Gobierno Vasco se implicara realmente con su personal y fuera un referente en la mejora de las condiciones laborales —más aún tratándose de un colectivo altamente feminizado— se lograrían avances evidentes: mayor motivación, mejor clima laboral, continuidad de profesionales con experiencia y transmisión de los saberes acumulados tras años de trabajo con menores, tanto en momentos difíciles como en logros importantes.
Eso permitiría demostrar hasta dónde se puede llegar con un buen trabajo y evitar el camino contrario, al que parece querer abocarnos el Gobierno Vasco: una gestión basada en la imposición, sin contar con las trabajadoras y trabajadores, sin escucharlos. Esto no es el sistema; es machacar al personal.
Y, aun así, la utopía permanece. Cada vez que parece que estamos cerca de conseguir algo, volvemos atrás. El camino sigue ahí y seguiremos avanzando, aunque a veces sea chocándonos contra el muro y volviendo a empezar. Hasta que se nos haga caso. Hasta que se nos escuche.
Porque, como dijo Eduardo Galeano, “somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

