Vivimos tiempos particularmente violentos. Los sistemas capitalista-neoliberal, heteropatriarcal, colonial y biocida se refuerzan mutuamente. Cuál pulpo gigante, con tentáculos elásticos, estos se retroalimentan colonizando cada vez más esferas. Viejas dinámicas de saqueo y expolio se combinan y conviven con nuevos y refinados mecanismos de control, sumisión y explotación.
La expansión global de la muerte como empresa, reaccionaria y conservadora, legitima y promueve el odio como discurso y como práctica frente a todo lo que se considera como amenaza para el “orden vigente”. Industria bélica, supremacismo, genocidio, hambre, vulneración y despojo son sólo algunas de las caras de este pulpo que, también, es profundamente racista.
En Euskal Herria el racismo nos atraviesa en todos los ámbitos: en los barrios, en las instituciones, en los centros de empleo y en nuestras mentes. Reconocerlo y asumirlo es el primer paso si queremos combatirlo.
El capital y la patronal llevan el racismo en su ADN. El racismo laboral junto con el machismo es una de las fuentes de explotación más brutales de esta era. Gracias a él se benefician (y mucho) cuerpos-poderes-capitales concretos, que cuentan con toda una arquitectura institucional, legal y jurídica que les garantiza la condición de vulnerabilidad y desprotección de las trabajadoras migradas y/o racializadas. Un ejército de reserva de mano de obra que se emplea especialmente en los sectores con peores condiciones laborales y que, no casualmente, son también los que tienen menos seguimiento y vigilancia por parte de las administraciones y de la Inspección de Trabajo.
Cerca del 40% (38,59%) de las personas trabajadoras, muchas de ellas mujeres, que no llegan a 1.500 euros de sueldo bruto son personas migradas y/o racializadas. Esto sin tener en cuenta las horas extras impagas, las jornadas abusivas, el incumplimiento de los descansos y/o festivos, o las condiciones reales en las que, gracias a la ley de extranjería, se encuentran las compañeras que se encuentran en la economía sumergida.
Éste ha sido uno de los motivos de la reciente Huelga General por un SMI y un reparto de la riqueza en Euskal Herria. Porque no sólo se trata de mejorar el poder adquisitivo, que también, porque son cada vez más las trabajadoras empobrecidas que no llegan a cubrir los costes mínimos para el sostenimiento de sus vidas y la de sus familias. Sino también de reconocimiento, reparación y justicia social, feminista y racial. De visibilizar y luchar contra la deuda patriarcal, racista y colonial que tenemos con ellas.
Una deuda que no se reparará sólo con la vía de la Regularización Masiva. Una regularización que es fruto de la lucha popular antirracista y organizada en todo el Estado español. Una regularización cuyo texto final estamos atentas de ver en qué terminos se públicará y cómo se planteará su tramitación, por parte de los gobiernos vasco y navarro, para que sea realmente accesible y efectiva para todas.
Este 21 de marzo es el el Día Internacional por la Eliminación de la Discriminación Racial. Que no sea un día corriente. Que sirva para, de verdad, avanzar en algunos de los (muchos) pendientes que tenemos.
Como organización sindical, LAB, podemos optar por ser un tentáculo más del pulpo o, por el contrario, luchar con todas nuestras fuerzas contra él. De eso va nuestro sindicalismo de contrapoder, un sindicalismo interseccional: feminista y antirracista. Antídoto para atacar al pulpo de raíz y hacerlo caer.

